Notos

En un jardín, brumoso y antiguo,
duerme profundo
la carne del tiempo,
su tierra disuelve
vencidos lamentos.
Ahí desciende, el joven alado,
y al aterrizar, ya es un anciano.

Ha vuelto del mundo,
viene de recolectar
recuerdos hechos nudo
y despedidas que no se van.

Extiende sus alas,
levanta su vuelo.
Llega ligero,
no toca el suelo.
Comienza su labor
sin tanto alarde,
suave y sin ruido,
al morir la tarde.

Deja a su paso
su preciso rastro:
las ventanas del pasado
despacio se empañan.
Recuerdos incrustados
en su viento se bañan.

Quien lo respira,
el misterio roza,
despacio su alma
se vuelve porosa,
No tiembla el cuerpo,
tiembla la memoria.

Extiende su mano,
pide que se le entreguen
las cartas no enviadas
y los nombres que aún duelen.

Al pasar por una ventana
mira un alma quieta en su pena:
se aferra a lo no dicho
y a las respuestas que aún espera.
El joven alado la quiere ayudar,
pero el alma se aferra
a su abierto pesar.
Entonces el joven
repliega su mano
y la deja en silencio
con su recuerdo encallado.

Riega jardines ajenos,
donde florecen nombres
que no se dicen
y que se envuelven en velos.
Silencios atrapados
que no se permiten doler,
pero que anudan la garganta
y al pecho hacen arder.

Cosecha voces
que ya dijeron adiós,
pero que aún se quedan
como ecos de dolor.

Extiende sus alas
el joven cargado.
Vuelve a su jardín
a enterrar el pasado
de aquellos que al fin
se han liberado.

Riega con lluvia
al final del verano
el dolor que al final
ha encontrado descanso.

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Epílogo

No viene en vano,
ni a arrebatar lo aferrado.
Viene a dar sepultura
a lo que debe ser soltado.

Pero no obliga,
no castiga.
Deja que el tiempo
y el valor decidan.



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