Los olvidados

Piden piedad a la bestia,
piedad para unos pocos.
Pero olvidan que en sus fauces
hará un festín salvaje
con la carne de los otros.

Se ponen sus disfraces,
máscaras de protesta.
La bestia se ríe;
ni a sus dientes molesta.

Incluso el puño alzado
se puede utilizar
por la bestia fría
para manipular:
hace títeres de carne,
sirvientes de su voluntad.

El dolor entre el barro
no se puede domesticar.
Es tanto su sangrado
que mancha a la bestia
y lo quiere enterrar.

Pero el fuego feroz
no nos dejará
la verdad olvidar:
dignidad a medias
no es ninguna dignidad.

El puño levantaremos
sin ninguna mano soltar.
El fuego encenderemos
sin la llama de otros dejar.

¡Mira a esa mujer!
La tierra en su cabello,
andrajos en su piel.
Encarna la miseria
de los que nadie quiere ver.

Sus ojos tan rojos
hierven en dolor.
Sus lágrimas cortan
la piel del amor.

¡Este es el rostro de la miseria!
¡Este es el rostro del dolor!
No habrá libertad para nadie
si hay grilletes y hay clamor.

El hombre se quiebra
con el pecho abierto
por el eco del dolor.
Entonces tiembla,
pues ahora algo resuena:
su partido corazón.

Unamos nuestras manos
al lamento silenciado.
Reventemos la fría jaula
del egoísmo, cruel gusano.

Levantemos la mano
de hasta el último olvidado,
antes que nuestros huesos
sean del todo triturados.

Alcemos las manos,
nuestros rostros cercanos.
No olvidemos nunca
el llanto de los olvidados.

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