Un hilo dorado
me conduce hacia ti,
yo no lo sigo;
él me sigue a mí.
Los encuentros
nunca son suaves;
siempre algo tiembla,
el cielo lo sabe.
Las miradas no se cruzan
o podrían arder.
Por eso se protegen,
para no perecer.
Mi carne no soporta
tu presencia luminosa,
siento que hasta el alma
se me escapa por la boca.
No creas que huyo,
ni desprecio tu canto;
es solo que mis venas
se descosen a tu lado.
Mi taza se desborda,
desdibujas mi figura,
mis rápidos latidos
me rebasan como espuma.
Le pido ayuda al sol
y sus manos a la luna,
para darle tan siquiera
al misterio alguna cuna.
Aunque no haya nada
que lo pueda abarcar,
y solo en el silencio
me tenga que quedar.
Esta es mi herida:
el hilo me hace orbitar,
pero ante tu presencia
no puedo avanzar.
Escapo, escapas.
El disfraz de indiferencia
a veces me mata.
Estoy aprendiendo
a bailar en esta danza,
hasta que dé un paso
o la haga mi morada.
Mientras seguiremos
al compás de los encuentros,
y de las sincronías
que el hilo hace del tiempo.