No estabas en un altar,
tampoco en un gran pedestal.
Estabas entre el verde,
brillabas bajo el sol,
te rozaba el aire.
Un sendero inexplorado
me condujo hacia ti.
Ahí estabas tú,
orando en el jardín.
Tu mirada no se alzaba
hacia el cielo sin fin.
Tampoco veías las flores:
veías dentro de mí.
Cargabas contra tu pecho,
ternura inmensa y hondo dolor.
En una mano tenías flores,
y en la otra, la herida de Dios.
Dios te salve, María,
llena eres de gracia,
altar del duelo divino,
jardín de lágrimas y ternura.
Madre del amor encarnado,
puente entre lo terreno y lo sagrado.
Ruega por los que lloran sin consuelo,
acaricia con pétalos su duelo.
Vela por los que aman sin retorno:
seca sus lágrimas
y abraza su abandono.
Ruega por los hijos del temblor,
por los que callan su dolor.
Ruega por la humanidad,
por los que hieren
con su libertad.
Quédate, madre,
acompaña nuestros dolores.
Pero no en el altar,
sino entre las flores.