Una noche tranquila,
contemplando tus cenizas.
Algo rompió el silencio;
golpes secos en la madera.
Vibraba la puerta,
y algo en mi interior.
Golpeaban con fuerza,
también con dolor.
Crucé el pasillo
con el corazón agitado.
Al llegar a la puerta,
se sentía helado.
No se sentía
como un frío normal.
Era como un susurro;
seco, gutural.
Una sombra
se alargaba en el piso.
Creció y creció,
hasta llegar a mi pecho.
Seguía golpeando
la puerta sin piedad.
Supe que entraría
en contra de mi voluntad.
No pude hacer nada,
solo observaba.
Aunque estaba afuera,
su mirada atravesaba;
cruzaba la madera,
mi carne temblaba.
Los golpes callaron,
tras un gran estruendo.
Reinaba un silencio,
mis aves murieron.
Volví a la sala,
comencé a calmarme.
Pero un ruido en tu cuarto
volvió a inquietarme.
Estaba tu cama,
revuelta y deshecha.
Giré hacia tu espejo;
cruzó una silueta.
Recogí tus sábanas,
húmedas al tacto.
Lo supe al instante;
manchadas de llanto.
Alguien vino a llorarte.
Dejó en tu lecho
pétalos marchitos.
Ahogó tu silencio,
sin palabras, ni gritos.
Alguien vino a llorarte,
te buscaba en cada esquina.
También en mí buscaba,
rasgaba mis heridas.
Comunión oscura.
Se unió a mi cuerpo,
sacudió tu eco,
picoteó como cuervo,
Mi sangre probó,
se unió a mi dolor;
De esa mezcla nació
de nuevo tu olor.
Por un instante,
borró tu ausencia.
Recordé tu sonrisa,
sentí tu presencia.
Pero luego volvió,
el maldito frío.
Y mi corazón,
de nuevo,
se sintió vacío.
Tomó mis lágrimas
y dolor mezclados;
Con ello manchó
mi foto a tu lado.
A mi alma cansada
le extinguió su calma.
Dejando un vacío
con la forma de tu ausencia.
Alguien vino a llorarte,
abrió el sepulcro
de mi eterno duelo.
Me dejó temblando,
me quebró por dentro.
Un viento corrió,
cedió lo helado.
La ventana abierta;
por ahí escaparon.
Alguien viene a llorarte,
cada noche regresa.
En dolores y clamores
envuelve mi cabeza.
Hice un juramento;
Ya no llorarte.
Perdón, siempre fallo;
Es que no puedo,
dejar de extrañarte.