En un hueco de mi pecho
guardo un capullito.
Se oculta suave en el día,
bebe el néctar de la noche,
destila lento
su melancolía.
Me levanto antes que el sol
para abonarlo con recuerdos.
Para limpiarlo con lágrimas
y regarlo con silencios.
Tiene espinitas
que me abren la piel.
De las heridas brota un polen
con dulce aroma a hiel.
Suave dolor,
puñal de terciopelo.
Nadie ve mi llanto
bajo el sedoso velo.
Raíces chiquitas,
como hilos verdes,
descosen mi reflejo;
me atan a su dulce
y amargo sentimiento.
A mi capullito
yo lo cuido mucho.
Se entierra en mi pecho,
lo agrieta de a poco,
y sé que algún día
lo dejará deshecho.
Me acuesto antes que el sol
para morir desde temprano.
Y así tener más tiempo
para ahogarme lento
en su anudado sentimiento.
Hasta que florezca
el capullo pequeño,
y sus pétalos consuman
al final todo mi aliento,
hasta dejarme quieto—
libre de su sentimiento.
Como un pétalo suelto
caído de un árbol seco,
quedará este capullito
fuera de mi pecho abierto,
desgastado por el viento...